Hay dos clases de hombres. Aquellos que están interesados en saber cómo funcionan las cosas, y aquellos a los que sólo les interesa que las cosas funcionen. Los primeros son capaces de desarmar un artefacto que funciona perfectamente con tal de inspeccionarlo por dentro, aun sabiendo que corren el riesgo de estropearlo. Los segundos son capaces de comprar un artefacto nuevo con tal de ahorrarse los dolores de cabeza que los aquejan bajo ciertas circunstancias, aun sabiendo que el problema del viejo artefacto es reparable.
Una gotera puede medir el carácter de los hombres. Por un lado, está aquel que pretende averiguar la causa de la gotera, que intenta detenerla de alguna forma, que permanece en vela, que termina empapado. Por otro lado, está aquel que coloca una palangana en el suelo y se echa a dormir. Uno se entretiene; el otro descansa. De todas formas, al día siguiente, ambos llamarán al plomero para que solucione el problema. El segundo lo hará por iniciativa propia; el primero, obligado por su mujer.
Fulano se hace una pregunta para sí mismo, pero la formula en voz alta y mirando a mengano. Mengano, sin advertir la situación, responde la pregunta, pero fulano no lo escucha, porque está ensimismado buscando la respuesta en su interior. Instantes más tarde, fulano se rinde ante el olvido o la ignorancia. Por tal motivo, se dirige a mengano y le formula nuevamente la misma pregunta, pero esta vez lo hace conscientemente, esperando que mengano le dé la respuesta. Mengano, sumamente sorprendido, se niega a repetir la respuesta y manifiesta su enfado. Fulano, confundido ante la reacción de mengano, exige una explicación, pero mengano no se la brinda. Fulano se ofende con mengano y se lo hace saber de mal modo. Mengano, mirando hacia otro lado, lo insulta; y fulano, herido en su orgullo, no tarda en responder con más insultos. El llamado de atención de una compañera consigue calmarlos. Así se disponen a permanecer en silencio por el resto del día. A fin de cuentas, ninguno conoce la verdadera razón que originó la pelea, pero ambos creen tener la razón.
Si hay algo que me molesta es que alguien me diga: “Escuchá la letra, escuchá la letra”. Realmente, no puedo seguir la letra de una canción. Me pierdo, me distraigo, me aburro. Me dejó llevar por la música o por la mina que pasa a mi lado. Hace tiempo que renuncié a intentarlo. Soy incapaz de superar una estrofa. No soporto la espera que se impone entre dos estrofas. Cuando llega el estribillo, desespero. Me disgusta la repetición. Para mí la voz no es más que un instrumento. Poco me importa el mensaje cuando escucho una canción. Si quiero conocer la letra, la leo.
De un tiempo a esta parte he adquirido la capacidad de aceptar sin pudor el reconocimiento que considero inmerecido, como compensación por todos aquellos actos o virtudes que considero meritorios pero que no alcanzan el reconocimiento ajeno. Siguiendo este criterio, he decidido conservar el colchón repleto de dinero que acabo de encontrar.
Una señorita, en nuestro segundo encuentro, me dijo que yo la trataba como si fuera uno de mis amigos, porque me burlaba de ella, porque le daba pocos besos, porque imitaba sus gestos, porque no la tomaba de la mano. Sus protestas me aburrieron en gran forma. Aun así, esa noche intentamos olvidar nuestras diferencias. Nada bueno resultó de ello. Fue la última vez que nos vimos. Todavía hoy, creo que lo que más le molestó fue que no la haya reconocido cuando nos encontramos. Recuerdo la mirada de odio que me dedicó cuando saludé, diciendo su nombre, a la amiga que estaba con ella.
El mozo me había prestado una birome. Antes de irme, me percaté de que debía devolverla, lo cual fue todo un milagro considerando mi propensión a conservar biromes ajenas. Dado que el mozo no se acercaba a mi mesa, me tomé la molestia de dirigirme hacia la barra. Una vez allí, advertí que el mozo se disponía a ingresar en la cocina. Le hice un gesto con la birome en alto y el hombre me hizo saber que no tardaría. Del otro lado de la barra se encontraba una cajera muy atractiva. Tenía ojos preciosos, eran verdes y de gran tamaño. Entonces, dando un grito, le dije al mozo: “Dejá, dejá, seguí con lo tuyo, la dejo en buenos ojos” La señorita, halagada con el cumplido, se ruborizó un poco y me agradeció con una sonrisa. ¿Qué me dicen? Sí, sí, la maté. Realmente, estuve muy atinado. Le clavé la birome en el ojo izquierdo y luego salí corriendo.
Desde tiempos remotos las mujeres han sido las principales protectoras de la geometría. Sobre todo cuando son descubiertas en plena desnudez. Con un brazo protegen los círculos; con la mano libre, el triángulo.
Por lo general, el origen de las supersticiones está relacionado con la protección del alma, con el alejamiento de los espíritus malignos, con la brujería y con lo sagrado, entre otras cosas. Sin embargo, con el transcurso del tiempo se ha despojado a las mismas de sus fundamentos originarios. Hoy en día, la mayoría de las supersticiones están asociadas exclusivamente con la mala suerte.
No contento con que le alcanzara el salero, cosa que me molesta bastante, ahora me obliga a apoyarlo sobre la mesa, cosa que me resulta por demás ofensiva. Por la única razón que no vacío el salero ante sus ojos, desparramando la sal sobre la mesa, es porque no quiero ver cómo la toma con la mano y la arroja luego a sus espaldas. En serio, por mí que crea en lo que quiera, pero, por favor, que no me obligue a ser parte en sus rituales, mucho menos cuando estoy comiendo.
No sé quienes son más ridículos: “Los supersticiosos” o “Los que no son supersticiosos y se jactan de ello, y que además, para dar muestras de su descreimiento, hacen forzadamente todo lo que los supersticiosos tanto temen”.
Es infalible. El "portero" nunca está donde su nombre lo indica cuando necesito que alguien abra la puerta. Será por eso que no le gusta que le digan portero.
¿Por qué todo tiene que ser blanco o negro? ¿Por qué hay que decidirse por uno de los extremos? ¿Por qué están mal vistos los grises? ¿Por qué se acusa de timorato a quien no quiere opinar? ¿Por qué se lo acusa de cobarde? ¿Por qué no se puede vivir en silencio? ¿Por qué uno no puede lavarse las manos? ¿Por qué no se puede estar bien con dios y con el diablo? ¿Por qué hay tener una posición tomada? ¿Por qué no se puede cambiar de opinión? ¿Por qué hay que adherirse a una corriente de pensamiento?
Las mujeres dominadas por el espanto se cubren la boca con la mano. ¿Por qué será? ¿Lo hacen para ocultar algo, para contener la salida de algo, para impedir la entrada de algo? ¿Qué es ese algo? Ni ellas lo saben. Hay algo que es todo un misterio.
Ante la pregunta: “¿Tenés fuego?” muchos responden: “No fumo”. O sea, en lugar de responder: “No”, optan por decir: “No fumo”. ¿Por qué lo hacen? Es evidente que con dicha respuesta pretenden transmitir algo más. Seguramente quieren dar a conocer o reafirmar su postura ante el cigarrillo. Sin embargo, a mí me llega otro mensaje muy distinto. Y no es nada positivo.